Lo que mató a Miguel entró muy
campante por el patio de su casa. Fue un solo proyectil que alcanzó su garganta
y acabó con su vida llena de presagios. Ese día, se quedó mirando desde su casa
aquellas edificaciones que se elevan allá, sobre la Loma de la Cruz. En
especial miró con detenimiento aquella de cuatro pisos que siempre cuestionó
por tratarse de un terreno inestable, y como si fuera poco, llegó a decir que
desde allí vendría la causa de su muerte, según él, era cuestión de ilaciones, cosa
que en esos días me parecía trivial.
Él era un hombre valiente,
curtido en las adversidades, pero era también hombre vencido. Pero ese día,
todo parecía haber cambiado para él. Quiero decir que Miguel esa mañana se
levantó temprano, y después de bañarse, se dejó los pantalones a medio abotonar
y con la toalla sobre sus hombros, salió al corredor y se quedó allí en
silencio peinando su lacia cabellera. Después lo escuché silbando. En eso
estaba cuando sonó una detonación. Fue cuando se quedó mirando hacia el cerro,
mientras atornillaba la toalla sostenida por su nuca. Durante unos segundos no
se oyó el más mínimo ruido. El tiempo pasó despacio como queriendo asegurarse
de que estaba muerto. Desde mi pieza, comencé a impacientarme. Asomé la cabeza
por la ventana: mi curiosidad había vencido al temor: era un proyectil que
desde la casa de cuatro pisos entró silbando. Eso que el informe policial llamó
«objeto contundente», fue una piedra que lo impactó en su afilada nuez de Adán y
que cayó a su lado partida en dos.
